Saturday, March 24, 2018

No importa de dónde vengo, ni el origen de mi concepción. Importa a dónde voy, por O.S.


Nací el 29 de noviembre de 1975, a las 12:10 am en Venezuela. Mi madre era una adolescente de Secundaria, séptima de 11 hermanos en una familia muy desestructurada; mi padre, no lo sé, ni siquiera hoy, sé su nombre ya que fui concebida cuando violaron a mi madre.

Mi primer desafío, el de nacer. Sí, has leído bien, nacer, con el rechazo por parte de la familia materna y, tal vez, de la sociedad que no suele aceptar a un bebé nacido en estas circunstancias.

Mi niñez fue muy dura y complicada, llena de sacrificios y fuertes desafíos, desde vivir en hogares de cuidados (casas de acogidas) hasta ser, entre comillas, vigilada por vecinos maltratadores que, al final, me tenían como sirvienta para ganarme la comida del día.
O.S. tuvo una infancia muy dura.

Mi madre rompió el primer patrón, asumir su responsabilidad como madre aunque fuera tras una violación, alejarse de todo lo que pudiera impedir mi crecimiento y evolución.

Con todos los rechazos y de la mejor manera que pudo, mi madre me educó y enseñó los más grandes valores que un ser humano puede tener, entre ellos la humildad y el agradecimiento ante toda circunstancia buena o mala.

Vivíamos en un espacio muy reducido y humilde por no llamarlo precario, en una barriada en la ciudad de Caracas, Venezuela, en una casita de zinc tan rudimentaria que, en días de calor, debíamos permanecer fuera para no achicharrarnos y en días de lluvias, mejor lo dejo a su imaginación...

Llegué a mi pubertad con muchas carencias, sobre todo de amor, ya que mi única familia tenía que dejarme sola bajo mi propia responsabilidad, para así ella buscar qué comer. Sabía que muchas veces lo conseguía en la basura, mis juguetes eran heredados del aburrimiento de otros niños, aún así, MI MUNDO, como yo lo llamaba, era PERFECTO.

En la adolescencia mi sueño era trabajar para ayudar a mi madre que pasaba días enteros limpiando y planchando para que yo tuviese la mejor educación posible.

El mejor regalo que tuve al salir de la Primaria fue mi permiso de trabajo. En mi cabeza no existían las vacaciones ni festivos, existía el fuerte anhelo de tener dinero para olvidarme de pasar horas fuera de mi casita de zinc y que mi madre terminara la Secundaria que interrumpió para apostar por mi vida.

Comencé limpiando oficinas de ejecutivos. Limpiaba e investigaba cómo usar el ordenador, el fax, las máquinas de escribir, pasaba el paño y tocaba una tecla, tiraba la basura y sacaba una copia y así mi jornada era muy emocionante.

Siempre he sido una persona muy alegre y espontánea, así que conseguí un empleo de fines de semana: Entregar volantes en las gasolineras y, como empecé a ganar algo de dinero, ya no quería estudiar más.

Creo que nunca olvidaré las palabras de mi madre: “Lo que quieras lo conseguirás pero debes seguir un orden, sólo el cielo será tu límite. Eso me hizo recapacitar y volver a la Secundaria, pero mi anhelo de trabajo era mucho, así que una de mis profesoras de Secundaria, a través de su esposo, me apoyó para ser ejecutiva de ventas de pólizas de seguros. Pasé la entrevista a la primera, ya que como cuando limpiaba hacía mi propio master en cosas de oficina, eso estaba chupado.  Mi mayor problema: No tenía ropa. Recuerdo tener un pantalón y dos blusas pero tuve una idea: Comprar pegatinas que me permitían cambiar el aspecto de mi ropa y así, con dos prendas, tenía un armario repleto de ropa (claro, en mi mundo).

A los 17 años, llegué a la Universidad. A todas éstas, no sabía si tenía familia, tíos, primos, esas personas que conforman los lazos de sangre.

Mi madre también aprovechó el tiempo y terminó la Secundaria e íbamos a la par en la Universidad y, con su trabajo y el mío, nuestra casita paso de ser de zinc a madera; de cocinar con kerosene en una hornilla a cocinar a gas en dos hornillas...

Mi mundo no podía ir más perfecto, hasta que llegó un día que no he podido ni podré borrar de mi calendario de vida. Mi madre asistió al médico por encontrarse cansada y, al administrársele un medicamento errado, mi madre no sobrevivió a un paro respiratorio. No me pude ni siquiera despedir, cuando llegué al hospital ya estaba sin signos vitales, sólo recuerdo su mano fuera de la manta que la tapaba, donde tenía el anillo que intercambiaríamos cuando nos graduáramos.

Pasados los días del funeral, de lágrimas, desesperación, rabia, me sentía perdida, sola. Mis sueños, por el subsuelo. Odié con todas mis fuerzas a Dios, en quién siempre creí y me decepcionó.

Atenté contra mi vida en tres ocasiones; ahora entiendo por qué no tuve éxito. Una noche entre dormida y despierta, mi corazón latió con mucha fuerza y me vino la imagen de un hombre rubio, ojos azules y con una espada, vaya a saber quién era ése; más adelante me enteré de quién era ese hombre.

Gracias a ese sueño, en un mes encontré dos empleos y aprendí a dormir sólo tres horas. Mi casita de madera pasó a ser muy insegura, ya que al vivir sola hubo varios intentos de violaciones. Gracias a Dios, fallidas.

Dormía en plazas o puertas de iglesias, pero como mi mundo empezaba a ser perfecto otra vez, conseguí un tercer trabajo nocturno en un call center. Me sentía a salvo, lavaba mi ropa en los aseos de los trabajos y los secaba con los seca manos y, si era día de calor, se secaba encima. Me sentía fresca y limpia, ¿Qué más se puede pedir?

Ya más solvente, encontré una habitación compartida. No me alcanzaba para comer, pero tenía paredes de verdad. Solucioné lo de la comida comiendo bananas y mucha agua. Cuando me cansaba, bebía agua y comía muchas bananas.

Pasados dos años, volví a la Universidad y me gradué en Ingeniería Informática, segunda en mi promoción, por cierto, pero trabajaba de secretaria en una petrolera y no me encontraba cómoda allí.

Me entrevistaron en un Banco famoso de la ciudad, empecé como asistente de la asistente de la asistente del Presidente. En tres años pasé a ser su mano derecha. Trabajaba de sol a sol, mi mejor aliado, mi sueño, con tres horas estaba al 100%.

Ahorré y compré mi propio piso, sin muebles y con una bella cama de cartón, pero eran mis paredes, ya no tenía que salir cuando hacía calor. Lo más curioso del piso es que me lo entregaron con un único objeto, un cuadro con el mismo hombre rubio que vi en mis sueños; investigué y es un Arcángel llamado San Miguel.

Como ya tenía todo lo material que una chica, joven y guapa podría tener, hasta coche sin saber conducir, ¡¡¡QUERÍA MÁS!!! No estaba quieta ni un momento, empecé a investigar cómo sería vivir en el extranjero. Aparte, la situación del país se estaba poniendo difícil por temas de seguridad y políticos.  Incluso, me habían secuestrado en dos oportunidades para llegar a mi jefe.

Pensé en Estados Unidos, preparé todo, lo visité y no me gustó. Panamá, tampoco y muchos más. España me sonaba porque daban un máster de algo que me interesaba.
No fue fácil salir de mi país, aparte no tenía dinero, pero sí muchas ganas. Lo deseé con tantas fuerzas que pedí dinero prestado y, con algunas cosas que vendí, en otro momento explico que más hice, llegué a una ciudad costera de España en pleno invierno, no sé cómo sobreviven al frío la gente de aquí.

Volver a empezar de cero, en comida, ropa, amistades, direcciones, horarios... Los primeros meses perdía muchas clases porque me montaba en un tren para ir a un lado y llegaba a otro, no sé cómo lo hacía, pero era una experta.

O.S. ha vuelto a sonreír

Comencé a trabajar de secretaria, no me sentía cómoda otra vez, visitaba cada mañana una panadería y me imaginaba detrás del mostrador dando los buenos días a los clientes. Cuando se lo dije a la dueña, me respondió que lo podría hacer si así lo quería, que ella había pensado vender la panadería y ni siquiera su familia lo sabía.

 Yo no tenía el dinero, pero no dormía pensando en el olor a pan, y sin saber ni qué era un bocadillo. Y de repente, a las dos semanas me llamaron que querían comprar mi piso en Venezuela. Fue todo tan rápido que recuerdo que me ofrecieron por mi piso lo que pedían por la panadería. No lo dudé y adivinen, cada mañana doy los mejores buenos días detrás del mostrador a todos los clientes de la que es ahora mi panadería.

Pero aun así, seguía ese latido inquieto en mi corazón. Una mañana, la única amiga que tengo aquí dejó su libro en el mostrador. Cuando lo agarré para dárselo, me dio un corrientazo, me hirvieron las manos y el horno estaba apagado… Lo abrí y leí: “SIEMBRA SEMILLAS DE BENDICION”. Lo cerré y lo volví a abrir y otra vez leí lo mismo: “SIEMBRA SEMILLAS DE BENDICION”. Le pedí a mi amiga que me dejara su libro esa noche. No dormí leyéndolo y, al otro día, me lo compré, lo empecé a leer y volvía a abrirlo al azar y adivinen: “SIEMBRA SEMILLAS DE BENDICION”.

Me quise apuntar a un evento que organizaba el autor del libro.  Pero, aunque no había plazas, yo sabía que estaría allí, sin plaza, pero allí estaría. Lo pedí de regalo de cumpleaños. Y a la semana, no sólo me llamaron para decirme que tenía plaza para mí, sino, también, para mi esposo.

En el segundo día del evento, mientras el autor hablaba de mentorías sobre libros, sentí escalofríos, incomodidad total, ganas de llorar, aún no le sé describirlo. Sólo sé que salté por encima de las personas que tenía al lado y corrí como si se me acabara la vida, corrí tanto que fui la primera en obtener el contrato para escribir un Best Seller. Recuerdo que ni lo leí, pero lo firmé y, cuando regresé a mi silla, no sabía qué había hecho. Actué como hipnotizada y aún sigo así, porque, si no, no estarían leyendo esta historia.

Sé que este libro no llegó a mi vida por casualidad, llegó porque desde lo más profundo de mi alma, lo había estado pidiendo, lo había estado llamando. Pedí un mentor que abriera mis heridas y las sanara a la vez, porque sabía que sería la persona que me apoyaría y enseñaría a dejar mi legado en este mundo. Y, cuando tu alma grita, no hay nada que la detenga.

"Mi mundo es perfecto", sus dos primeros libros.

Porque sabía que él me ayudaría a honrar a esa persona que apostó todo por mí y rompió patrones aceptando a un hijo proveniente de una violación.  Esto es lo que yo soy producto de ello.

Deseo con todo mi ser abrir una fundación para niños que no tienen para comer, quiero crear una familia aunque no sea de sangre y quiero enseñarles que sí existe un mundo perfecto, ¡¡¡YO LO CREÉ!!! y no importa de dónde vengo, ni los orígenes de mi concepción. Importa a dónde voy.

O.S. son las iniciales de la mujer que ha escrito esta bella y emotiva semblanza de vida. Respetamos su intimidad y la valentía en transmitir su experiencia, con la intención de que su testimonio pueda ayudar a muchas otras mujeres que pasan por semejante situación.

Sunday, March 18, 2018

Mi hija no es una persona especial, es una persona extraordinaria, Por Montserrat Vázquez



Me llamo Montserrat Vázquez, soy de León, México y llevo casada 13 años.

Cuando llegó nuestro primer “amor”, así le llamamos a nuestra primera hija, todo fue alegría y emoción. 4 años más tarde, recibimos una gran noticia:  Estaba nuevamente embarazada. Y todo a nuestro alrededor era felicidad, hasta que, a los tres meses, acudimos al médico porque me dolía bastante el vientre y no podía caminar largas distancias sin sentirme fatigada y cansada. Nos comentó que era normal, pero en los siguientes meses me seguía sintiendo mal, cansada, sin energía.


Mientras me iban haciendo revisiones y estudios, cumplí los 6 meses de embarazo. Entonces el médico nos citó a mi esposo y a mí. Recuerdo que el médico especialista nos dijo que mi bebé venía con una malformación cerebral y me comentó que era demasiado tarde para un aborto, pero que para que “yo” no sufriera el rechazo de la gente, me proponía una cesárea y sacar al bebé que nacería muerto porque, decía, este tipo de malformaciones son tan severas que los niños no nacen vivos. Mi primera reacción fue  hacerme la fuerte y aguantar mi llanto. Me dolía tanto la garganta que quería salir corriendo del consultorio.

Lloré muchísimo, quería gritar y le reclamé al Señor y le pregunte mil veces “¿por qué?, si siempre me he portado bien, siempre he estado adherida a la iglesia, ¿por qué a nosotros?, ¿por qué, Señor?”. Recuerdo haber llorado todo el embarazo, no comprendía nada, me sumí en una profunda depresión, nada me consolaba, todos los días discutía con mi esposo y, mi niña que tenía 4 años en ese momento, recibía lo peor de nosotros como pareja, aunando a eso la falta de dinero porque yo dejé de trabajar. Tuvimos que costearnos muchos estudios y medicamentos.

A diario, pensaba qué íbamos a hacer con un bebé así. ¿Cómo la llevaría a la escuela? ¿Qué pensaría la gente? Y mil tonterías me cruzaron por la mente hasta pensar en no tenerla, o que un “accidente” podría remediar esta situación. Todo me cruzó por la mente.

No regresé con ese médico que me propuso terminar la gestación de mi bebé a los 6 meses, buscamos otros médicos y pasaron los meses y llegó el momento del parto. En cuanto me entregaron a “Luz”, así le pusimos de nombre a mi bebé, vi a una hermosa niña de piel blanca y rosada, tan bella que parecía un ángel. El primer diagnóstico estaba equivocado, Luz estaba aparentemente bien, el médico nos dio de alta y nos fuimos a casa, dando gracias a Dios.

Pasaron cinco meses y Luz supuestamente crecía normalmente, hasta que empezó a convulsionar.  En dos días convulsionó aproximadamente 200 veces. La llevé con varios médicos y nadie me daba un diagnóstico. Rogué y supliqué a Dios que esto no estuviera pasando. Luz no dejaba de llorar y casi no comía, ya no se pegaba a mi pecho y yo me sentía muy desesperada.

Cuando al fin contactamos con un médico neurólogo pediátrico que nos escuchó, le realizó varios estudios y nos confirmó el bendito diagnóstico que al día de hoy me hace arrodillarme ante mi Señor que se fijó en esta familia para entregarnos lo más grande: Una maravillosa persona con discapacidad. No es una persona especial, es una persona extraordinaria.

Al día de hoy mi Luz es una niña de 8 años por la gracia de Dios, ella es la hostia blanca y pura que Dios nos encomendó, es la maestra de la casa, es nuestra guía, es mi Señor Jesús haciéndose presente todos los días en su cuerpecito frágil. El diagnóstico de Luz ha cambiado un poco para gloria de Dios, mi Luz convulsiona aproximadamente 50 veces al día, tiene una malformación cerebral llamada Liscencefalia, microcefalia, es hipotónica, ciega, muda, tiene principios de osteoporosis, no camina, no se sienta, no sostiene su cuello, lleva sonda gástrica para alimentarla, y tiene un padecimiento que se llama Síndrome de Lennox.

Mi Jesús la pensó de esa manera, la formó y tejió maravillosamente en mi seno. Yo le pedí al Dios un milagro: que reconstruyera el cerebro de Luz y Dios escuchó mis ruegos, me concedió un gran milagro, reconstruyó “mi cerebro”, mi corazón, nos reconstruyó como familia,  comprendimos que nuestro Señor es muy bueno con nosotros pues mi Luz no necesita caminar, siempre la cargamos y la llevamos a todos lados, no necesita ver pues yo le muestro lo que hay, no necesita hablar, es un diálogo callado, en el silencio, es amor en su máxima expresión, nos entendemos perfectamente sin decir nada, aunque nunca escuche su dulce voz,  no hace falta, mi corazón la escucha.

El mundo quiere ver personas perfectas que caminen, hablen y vean pero la verdadera perfección está en el amor, somos hijos de un Dios de amor y ese amor no tiene límite, es infinito.

Saturday, March 10, 2018

Queridas personas que despreciaron al hijo que esperaba... por Paula K. Peyton




Queridas personas que despreciasteis al hijo que esperaba:

Voy a llamarlo lo que fue: Desprecio. Se creyeron muy inteligentes cuando llamaron a mi hijo "engendro de Satanás", "bebé de Satanás”, “producto de una violación," y "maldito", entre otras cosas. Y ustedes se sintieron con el derecho de "advertirme" de los peligros de traerlo al mundo.

 Paula con su bebé Caleb

En su mente, mi bebé era sólo una extensión de su padre violador, que no traería nada más que penas y dolores de cabeza para una servidora y el mundo. Estoy segura de que el haber decidido quedarme con mi bebé a pesar de ser un “producto de violación” los hacía sentir incómodos y hasta enojados, no se podían imaginar por qué alguien podría querer un bebé con tan despreciable y repugnante origen, y cuando se dieron cuenta de que yo lo amaba, trataron de intimidarme y de empujarme a abortarlo.

Al igual que todos los acosadores, se pasaron por alto las cosas importantes de mi hijo y se centraron en algo que era irrelevante y completamente fuera de su control: su concepción. Y al igual que todos los niños víctimas de acoso, se merece una mejor denominación que la que ustedes eligieron para él.

La realidad es que este bebé le arranca sonrisas a todo el mundo a donde quiera que va y ¡También es muy risueño! El martes se vistió de elfo para asistir a una fiesta en el árbol de ángeles que nuestra iglesia ofrece a los niños desfavorecidos de la escuela primaria cercana y los niños estaban muy emocionados de verlo.

Caleb vestido de elfo

Él hace feliz a la gente porque es muy alegre e irradia luz.  Éste es el niño que ustedes atacaron. Este dulce y risueño bebé. Y yo soy la madre a la que trataron de intimidar para que lo abortara.

Muchas veces durante mi embarazo, me preguntaba cómo le hubiera ido a la Virgen María si hubiera sido una adolescente embarazada en este siglo. Nacida en una familia pobre en las colinas de Galilea y desposada con un humilde carpintero, la vida de María parecía que estaba condenada la mediocridad y pobreza. Y fue el útero de esta pobre joven soltera el cual Dios eligió para bendecir al mundo con la vida de Jesús.

Fue María la que me consoló durante las largas noches en las que me quedaba despierta pensando en la forma en que ustedes trataban a mi hijo.  Pensaba en su fe, en la vergüenza y el acoso que debe haber sufrido en su época, y aquel humilde nacimiento que celebramos cada diciembre.  Su propio hijo - nuestro Señor y Salvador - fue el objetivo del infanticidio que se dio poco después de su nacimiento. Leemos acerca de esto en Mateo: “Los Magos anunciaron el nacimiento del verdadero rey de los judíos y esto enojo tanto al Rey Herodes (la elección del pueblo) que luego intentó preservar su poder ordenando el asesinato de todo bebé en las cercanías de Belén para asegurarse de que Jesús fuera eliminado”.

La masacre de inocentes, como se la conoce, es muy similar a lo que pasa hoy en día con los bebés que son amenazados por el aborto. Los bebés que nacen de madres pobres, solteras y/o adolescentes son intimidados por mentes débiles, como la suya, que sólo los ven como un inconveniente para el sistema de apoyo del gobierno ya obsoleto. Y puedo hablar de mi propia experiencia sobre la intimidación de los niños concebidos en una violación. Viví en carne propia como ustedes criticaban a mi bebé mientras él se movía en mi vientre, siendo su único delito el tener la audacia de seguir viviendo.

Me pregunto si María viviera en el mundo de hoy, ¿serían nuestras amigas modernas su apoyo y le ayudarían a dar la bienvenida al niño Jesús con amor? ¿O intimidarían a su hijo no nacido de la misma manera que ustedes intimidaron al mío presionándola a que se practicara un aborto de la misma manera en que me "alentaban" a mí?

Con base en lo que ustedes me hicieron pasar, me duele decir que creo que pasaría lo segundo. Y si Jesucristo, después de haber sido intimidado debido a las circunstancias de su concepción y el nacimiento, podría haber sido asesinado antes de que tuviera la oportunidad de salvar el mundo, ¿Qué otros dones nos estamos perdiendo cuando las mujeres son intimidadas para que aborten a los bebés poseedores de estos dones?

¿Las curas para el cáncer, VIH / SIDA y otras enfermedades devastadoras? ¿El final de la trata de personas, el desarrollo de armas nucleares y la guerra? O, tal vez, todo lo anterior y mucho más.

No sé todavía cuáles son los dones que mi hijo trajo consigo a la tierra, aunque es obvio que la alegría es uno de ellos. Y esto será más que evidente el día que interprete el papel del niñito Jesús en la posada de Navidad.

Caleb y su mapache

Cuando pienso en la historia de mi hijo Caleb: concebido en violación, acosado, amenazado por el aborto, nacido, amado ... bueno, él no vino a salvar el mundo, pero en muchos aspectos, me salvó a mí por haberme dado una razón para seguir viviendo después de la devastadora violación. Pero ustedes vieron lo contrario, la falsa noticia que se inventaron para evitar enfrentarse con la realidad de que un niño concebido en circunstancias malas es un niño con tanto derecho a vivir como ustedes.

Es por eso por lo que le pusieron nombres horribles y le intimidaron antes de que pudiera salir de mi vientre. Y es por eso por lo que intentaron hacer todo lo posible para convencerme de que era un "maldito" "un engendro de Satanás" no deseado en lugar de un regalo de Dios.

La única maldición de Satanás llegó a mí a través de sus mal intencionados consejos, y agradezco a Dios por la sabiduría de darme cuenta de esto desde el principio, así como le agradezco el darle a cada persona un valor inalienable. Eso incluye a mi hijo y al resto del mundo.

Y a ustedes … bueno, quiero que sepan que los he perdonado y rezo por ustedes y pido porque vean su terrible error. Pido porque reconozcan la verdad. Y que lleguen a conocer al bebé que cambió mi vida en todos los sentidos. Pido por que puedan sentir a Dios a través de mi hijo - cada vez que sonríe, no hay nada más que sentir, que el cálido amor de Dios.

Y pido para que no vuelvan a intimidar a otro niño, independientemente de cómo él o ella fuera concebido. Porque si hablamos del verdadero Niñito Jesús o el bebé que interpreta al Niñito Jesús en una pastorela y a un duende en una fiesta de Navidad, todos los bebés merecen más de lo que ustedes han dado mi hijo.

Espero que actúen mejor en el futuro. Espero que ayuden en lugar de intimidar y destruir. Espero que se amen a sí mismos lo suficiente como para comenzar a amar a los demás.

Con cariño.
La mamá del duende

Bio: Paula K.Peyton es escritora, madre de Caleb y bloggera pro-vida para Salvar el 1f.  Reside en Memphis, TN.
En este enlace se puede leer su artículo anterior con el resto de su historia:

Saturday, March 3, 2018

Mi violador era el culpable, no mi hija, por Jerusha Klayman-Kingery




Me crié en un hogar cristiano. La relación con mi padre siempre fue bastante difícil porque, principalmente, faltaba el amor. Pensé que podría llenar este vacío con las cosas de este mundo, procurando ser aceptada, buscando la atención y el afecto de los hombres, bebiendo y celebrando fiestas.

Durante años, ésta fue mi fachada, pero por dentro estaba vacía. A los 17 años tuve un encuentro con Jesucristo y entregué mi vida al Señor. Yo era virgen y en ese momento hice una promesa a Dios:  Que permanecería virgen hasta el matrimonio y me alejaría de mi vida pasada: De la bebida, de las  fiestas y de esa búsqueda del afecto de los hombres.


A los 19 años trabajaba como camarera en IHOP. A menudo, tenía turnos de noche y tomaba el autobús de regreso a casa pasada la medianoche. Un día, en el trayecto de la parada del autobús a casa, conocí a un hombre que parecía muy agradable.

Comenzamos a enviarnos mensajes de texto durante algunas semanas y luego me preguntó si podíamos pasar ratos en mi apartamento. No me sentía atraída por él. No quería estar con él, pero tampoco quería herir sus sentimientos. Por aquel entonces yo era muy ingenua y pensaba que él sólo quería pasar el rato y que fuéramos amigos. Durante años, luché con la vergüenza de haber dejado entrar a este hombre en mi casa sin conocerlo realmente. Desde entonces, he aprendido a perdonarme a mí misma y ser más cautelosa con mis amistades y en la toma de decisiones.

Él estaba sentado en una silla en la salita de esta.  Sacó un arma y la puso sobre la mesa junto a él al alcance de su mano. Estaba convencida de que estaba cargada. En aquel momento estaba aterrorizada. Me paralicé.

Durante años, luché en mi interior con preguntas como ésta: "¿Por qué no agarré el arma?". Pero, pensándolo bien, nunca había usado una pistola, ni siquiera sabía cómo quitarle el seguro. ¿Qué hubiera pasado si él me la hubiera arrebatado y me hubiera disparado?.

En aquel momento sólo pensaba en cómo escaparme. En mi cabeza se oía un solo grito: "¡Corre! ¡Corre!”. Pero el miedo se había adueñado de mi cuerpo y parecía haberme quitado toda fuerza muscular. Había escuchado historias de mujeres violadas y siempre defendía que yo seguro que sabría qué tendría que hacer. Pero todo cambió. Nunca imaginé que alguna vez estaría en aquella situación. Sentí que nunca iba a terminar. Me sentía como una niña pequeña despojada de todo poder de reacción. El tiempo se detuvo, los ruidos se desvanecieron.

Cuando se marchó, corrí hacia la puerta y la cerré con llave. Me eché al suelo, estaba en estado de shock, me dolía el corazón y las lágrimas fluían sin cesar. Yo era virgen y me había propuesto guardarme para el matrimonio. Mi mundo entero se hizo añicos.

La única persona a la que se lo conté fue a mi mejor amiga. La llamé unos 30 minutos después de la violación y solo lloré y sollocé, diciéndole que algo malo había sucedido. Ni siquiera pude explicarle de inmediato qué me había pasado.

Las siguientes semanas fueron difíciles, pero hice todo lo posible para continuar mi día a día sin llamar la atención. Todo lo que quería era seguir adelante, pero disimular de esa manera era una terrible pesadilla. Por fuera, sonreía, reía y me comportaba de manera normal; en el interior, estaba lidiando con un dolor oculto. Estaba enojada. Estaba dolida. Me culpaba a mí misma. Culpaba a Dios. Ya no encontraba valor a mi vida. Estaba completamente rota. No se lo dije a nadie. No quería que nadie lo supiera. Lidiaba una batalla mental constante que me hacía perder el sueño, y aunque intenté ocuparme en otras cosas, parecía que mis pensamientos nunca iban a dejarme descansar.

Comencé a enfermar y a sentirme peor cada día que pasaba. Pensé que era sólo estrés o que algo me había afectado. Sin embargo, después de seis semanas de constante malestar, finalmente fui a un médico. Me preguntó cuáles eran mis síntomas y luego me preguntó de inmediato si era posible que estuviera embarazada. Estaba en tal estado de negación de lo ocurrido que le dije que era virgen. Cuando la prueba salió positiva, finalmente rompí mi silencio y le conté al médico la violación.

El mundo se volvió silencioso de repente. El camino de vuelta a casa tras salir de la consulta fue el trecho más lento que jamás he caminado. Vi a tantas mujeres embarazadas a mi alrededor, pero parecía demasiado descabellado que aquello me hubiera pasado a mí.

Innumerables lágrimas acompañaron las muchas emociones de brotaban de mi corazón. Miré mi estómago y puse mis manos encima del abdomen. Allí había un bebé de seis semanas de vida.

Poco después se lo dije a mi madre. Estaba destrozada, pero me dio su apoyo en todo momento.

En los meses siguientes mi actitud y mi corazón cambiaron. Empecé a confiar en Dios y a creer que había un propósito detrás de todo esto. Antes, mi relación con Cristo había sido muy superficial. Admirablemente, fue durante este tiempo cuando mi trato con Dios creció hasta un nivel que yo nunca había conocido.

Este bebé, de hecho, me dio esperanza, una razón para vivir y seguir adelante. Había vida dentro de mí, pero la realidad es que esa criatura me había dado a mí la vida.

Madre biológica por una violación, amo a mi hija.

Siempre había pensado que el aborto estaba moralmente mal, pero no era una posición muy sólida. Ciertas personas muy cercanas me decían que “entenderían” que yo abortara, incluso ofrecían su ayuda para que lo hiciera.

Estaba, ciertamente, en una situación crítica, pero a pesar de mis sentimientos, mi corazón permanecía firme en sus convicciones: ¿Cómo puede justificarse la muerte de bebé por el acto cruel de un hombre que sabía lo que estaba haciendo? El violador es el culpable. El bebé es una criatura inocente.
 
En ocasiones me tocaba la panza que iba creciendo y pensaba: “No puedo sentirte ni verte; ni siquiera sé si eres niño o niña, pero siento que debo protegerte. Es mi deber y sólo mío, no importa lo que pase”.

Ya sea que el bebé haya sido concebido con amor o por una violación o incesto, es una persona inocente. Tras mi experiencia, llegué a la conclusión de que una vida es siempre una vida, sin importar las circunstancias de su concepción.

Escogí la adopción abierta para mi hija después de mucha oración y reflexión. Quería un hogar estable para ella y unos padres que pudieran darle tiempo y cariño. Esa fue la decisión más difícil que nunca haya tomado, pero puse sus necesidades por delante de mis deseos. La confié a una familia maravillosa. Di a luz a mi dulce niña y en el momento que posé mis ojos en su linda carita sólo pensaba lo hermosa que era mi pequeña. Nunca pensé que era un error o una tragedia. Yo le di la vida y ella me devolvió la oportunidad de recuperar una profunda y verdadera relación con Dios. Sentí que podía confiar plenamente en Él, sin importar lo que pasara.

Hoy, estoy casada con un hombre increíble que adora a mi primera hija. Juntos hemos tenido otras dos niñas y un niño. Doy charlas en escuelas, iglesia y otros grupos interesados en adopción, cuestiones pro vida, autoestima y otros aspectos relacionados. Atiendo un grupo de apoyo online para mujeres que son madres biológicas, lucho por la vida del 1% de los bebés que son condenados al aborto por haber sido concebidos en una violación o incesto, y doy todo mi respaldo a esas mujeres que necesitan ayuda y están tan asustados como yo lo estuve.

La vida de esos bebés a los que se condena despiadadamente, merece una oportunidad. Y también la merece la mujer que piensa que no hay esperanza. Hay que tomar su mano, caminar con ella ese duro camino, y creer en la capacidad que tiene para superar la violación y alumbrar vida.

“Tú (Satán) pensaste en hacerme mal, mas Dios transformó ese mal en bien para hacer lo que vemos hoy: salvar la vida de mucha gente”. Génesis, 50,20

BIO: Jerusha Klayman-Kingery está casada, es madre de tres hijos y madre biológica de una niña. Es misionera a tiempo parcial, compositora, activista y conferenciante pro vida; bloguera de Salvar El 1 (SaveThe1). Como Presidenta y Fundadora de “As His Miracle Grows”, ella y su esposo dan conferencias y forman a jóvenes. Síguela en Facebook Jerusha Klayman-Kingery Pro-Life Speaker