Friday, August 4, 2017

Mi hijo nunca fue el “bebé del violador” o el “producto de una violación”. Siempre lo consideré mi hijo.



Jennifer Christie

Técnicamente, podríamos llamarlo “el sentimiento de culpa del superviviente”. No suena muy técnico, pero da en el clavo por su exactitud. Se podría decir, también, “vomita y llora sin parar”, porque eso es lo que sucedió cuando me llamó un agente del FBI y me comunicó que había  una nueva víctima de violación. Me explicó  que la muestra de ADN recogida en el momento de mi violación, tres años antes, coincidía plenamente con la que se halló en el cuerpo de esa desafortunada joven.



La mujer había sido brutalmente violada y golpeada hasta morir. Los recuerdos volvieron a mi mente, a ese momento en que la asistente del hotel me encontró en el rellano de la escalera, inconsciente, golpeada con saña y con apenas ropa que me cubriera. Siempre pensé que su presencia salvó mi vida ya que el violador no pretendía dejarme con vida.

El agente del FBI me dijo que la mujer asesinada también tenía el pelo rojizo, como yo. No estoy segura de si yo debía saber este último detalle, pero en cuanto lo escuché, me sentí poseedora de la llave que abría esa caja de Pandora. Si lo hacía, podía precipitarme  en un mundo de dolor, de preguntas angustiosas: ¿Se habría alguien dirigido a ella como su “Frambuesa”?¿Conviviría con niños que jugarían con ella, acariciando su pelo y pidiéndole que cantara “Part of your world”? Así me piropeaban cariñosamente mis familiares y amigos. Me preguntaba, ahora, si aquella mujer pelirroja asesinada recibía también un trato similar por parte de los que la amaban.

El FBI no había contactado todavía  con nadie de su familia porque era una estudiante extranjera de intercambio en Ohio. ¿Les hablarían de mí? ¿Me odiarían por no haber detenido al violador y por haber sobrevivido a aquella monstruosidad? En aquel momento me odié a mí misma por no haber sido capaz de haberle parado los pies.

Sin embargo, me aferré a esto para consolarme: No había registro de su ADN hasta que me atacó y, ahora, sí había. Eso ya suponía un paso hacia adelante para darle caza. No suficiente, pero ya era algo. Esta nueva perspectiva que emergía en mi mente me ayudaba a superar mi estado de ánimo.

Pero, entonces, encontraron a la siguiente mujer; su tercera pelirroja. Me sentí, de repente, como el personaje de un mísero guión escrito para un serial de televisión.

“Encuéntrenle”, susurré por teléfono. “Deténganle, por favor”.

“Lo encontraremos”. Me aseguraron. No lo hizo la policía aunque, finalmente, aquel criminal ACABÓ apresado.

Contaban con una pista que seguir: Su código genético para poderlo apresar. Sin embargo, el violador era un nativo americano, lo cual suponía  un retraso importante porque la policía local tenía que trabajar al unísono con la policía tribal para encontrar a ese hombre en su reserva. La leyes federales no podían aplicarse en este caso como era costumbre. No consistía en ir y arrestarlo. Era más complicado.

Entonces, recibí la llamada… El violador había sido apuñalado  por un miembro de su propia tribu. Resultó ser el hermano de una chica que había sido ultrajada por este monstruo hacía prácticamente una década cuando la muchacha tenía  sólo 13 años. Incapaz de vivir con aquel estigma y dolor, la joven se había quitado la vida apenas un año después de la brutal agresión.

Durante aquellos diez años, su hermano nunca dejó de clamar justicia. Ojalá pudiera estrechar su mano –no porque apoye la venganza o esté de acuerdo con el hecho de  tomarse la justicia por su mano- sino porque mi familia y yo misma hemos soportado un dolor parecido. Sin embargo, no puedo llegar  a él o a ningún miembro de su entorno. Mi caso se ha cerrado y con ello cualquier conexión con el resto de la historia. He navegado en internet con los escasos detalles que conozco, puesto que el FBI no quiere proporcionarme ningún otro dato al respecto.

Desconozco por completo a qué tribu pertenecía el violador. No tengo idea alguna del grupo tribal con el que mi hijo –concebido cuando fui violada- tiene lazos de sangre. Me pregunto si tendré la posibilidad de averiguarlo algún día. Imagino que es una información que mi hijo querrá saber en un futuro.

Tampoco sé el nombre real de mi agresor. Solamente, el apodo por el que se le conocía  entonces. Desconozco las identidades de las otras víctimas. No sé cuántas mujeres fueron, en total, las que murieron a manos de ese criminal. Tampoco sabré nunca si la muerte de ese hombre habrá llevado paz a las familias de las dos mujeres asesinadas. Jamás conoceré el final de cada historia personal. Sólo conozco el final de este capítulo de la mía.

Respiré profundamente cuando supe que él ya no estaba. Exhalé un suspiro que no imaginaba pudiera estar aprisionado en mi pecho durante tanto tiempo (tres años eran un largo período para aguantar ese respiro). Sentí como un enorme peso se desvanecía en mi pecho y se alejaba de mi alma. El alivio resultó algo mareante; todavía lo es.

Estoy a salvo. Mi hijo también. Nunca tendré que afrontar mi peor pesadilla en un tribunal de justicia y contar cada penoso detalle de lo que sucedió, todo lo que me hizo… detalles que conocí durante las revisiones médicas, cosas que he intentado olvidar.



Y algo igual de importante y que a mucha gente le costará comprender, es que, una vez que el violador ha desaparecido de mi vida y ya no es una amenaza para mí y para los míos, he empezado el proceso de perdón y entiendo que debo perdonar a aquel hombre. Cuando todavía estaba despedazando otras  vidas con total impunidad, justificaba mi odio y enojo contra él. Pero esta actitud me dolía y dañaba mi alma. Creo que Dios nos llama a perdonar por muchas razones y por este motivo nos hace libres para que podamos decidir hacerlo. Y yo quiero ser libre para amar y para perdonar.

Por eso quiero hacerlo. Por mí, por mi familia, por mi Dios. Quiero perdonar.

Pero perdonar no es algo que se haga una vez y te puedas olvidar. No es tan sencillo. Imagino que será algo que deba hacer continuamente, diariamente, probablemente varias veces al día, el resto de mi vida. Y estoy dispuesta. Tengo mucho que aprender a lo largo de este proceso.

Quiero escoger la senda del perdón. Y entiendo que  esta elección será la única cosa  que  convertirá esta historia en una ‘historia de elección’ porque es lo único que, realmente, he podido decidir. Es también la historia de mi hijo, de la vida de mi hijo, una vida que él no había pedido.

Quizá puedan preguntarse, conociendo ahora la profundidad y la amplitud del daño que nos  causó aquel hombre, cómo todo aquello no cambió mis sentimientos de afecto y amor por mi pequeño hijito. No cambiaron en absoluto. Mi hijo nunca fue el “bebé del violador” o el “producto de la violación”. Él es mi hijo. Es el niño de mi marido. Es un Hijo de Dios.



¿Por qué debería soportar mi bebé el odio y maldad que merecía su “padre” biológico? ¿Debía ser condenado a muerte por el modo concreto en que fue concebido? Nos preciamos de ser una gran civilización, sin embargo, marginamos a nuestros seres más vulnerables e inocentes, especialmente cuando su presencia nos incomoda o nos evoca terribles recuerdos.

Mucha gente lee mi historia y me pone como ejemplo de buena persona.  Y lo agradezco, pero yo no soy una buena persona por haber aceptado a mi bebé. Me han llamado ‘increíble’, ‘asombrosa’… ¿Por qué? Reflexionen  un instante. Me siento bendecida y halagada cuando leo un comentario bello sobre mi persona. Es algo reconfortante y  animante pero no perdamos lo esencial: ¿Soy una “mujer increíble” por amar a mi hijo? Madres, a vosotras os digo: ¿No os sentiríais ofendidas si yo os aplaudiera por el hecho de amar a vuestros hijos? Yo no veo que mi bebé sea distinto a los vuestros, tampoco por el origen de su concepción.

Soy una persona con muchas debilidades, nada diferente a la mayoría de los mortales. Quedé embarazada. Tuve un hijo. Eso es lo que realmente importa.



Leí hace poco un comentario debajo de uno de mis artículos que decía con toda naturalidad: “¿Por qué es esto una historia? Exactamente. ¡No debería serlo! En un mundo mejor, no sería. Así que continuaré contándola hasta que deje de ser una historia... 


BIO: Jennifer Christe , está casada y es madre de 5 hijos. Es bloguera pro vida de Salvar El 1

Ha escrito otros dos artículos en los que cuenta su testimonio: Mi marido y yo escogimos la vida. Y También Brutalmente violada en un viaje de negocios.

Su marido también escribió su propio testimonio: Mi esposa y yo vimos este bebé como algo hermoso que salió de algo horrible.

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